Durante la edad media, y durante el apogeo del cristianismo, la política, pasó claramente a ser un problema de segunda, el cristianismo aprovechó el éxito de sus doctrinas para poner los asuntos públicos en un segundo plano. Esto en un primer momento funcionó muy bien para los poderosos, que utilizaron dichas doctrinas para justificar su despreocupación por el pueblo, y para que este tuviese que aceptar las condiciones en las que les habían tocado vivir. Sin embargo, lo que en un primer momento se entendía como una misma esfera (la política-religiosa), acabó separándose en dos, que acabarían en constante conflicto, luchando por la supremacía y por el poder. A la separación de dichas esferas se le denominara secularización, y muchos consideran este proceso como el paso a la edad moderna. Sin embargo, ya hay un autor anterior, que propone la división de dichas esferas: San Agustín.
Cuando se habla de la política de San Agustín, se suele referirse a su distinción entre la ciudad terrena (formada por los no-seguidores de Dios), y la ciudad de Dios (formada por sus seguidores, quienes se acabarán salvando). Respecto a esta teoría, siempre he tenido la duda del por qué esta teoría se clasificaba en lo referente a los asuntos públicos, ya que a mí siempre me ha parecido más propia de la teología. La conclusión a la que llegué, es que la concepción de la política era una diferente a la de hoy en día, y que en cierta manera esta teoría de san Agustín sí que trataba de algún modo de un asunto público, como es el de la salvación de todo el mundo. Sin embargo, creo que esta no es realmente la teoría más relevante en el pensamiento de san Agustín, ya que, en mi opinión, se puede ver la influencia de este autor más claramente, de forma directa o indirecta, en lo referente a la separación de la esfera religiosa y política, ya mencionadas anteriormente.
En un principio, el interés de San Agustín por la política es mínimo, solo se acabará implicando en los asuntos públicos cuando los romanos tradicionales acusan a los cristianos de ser la causa de la decadencia del régimen romano, a lo que san Agustín responde escribiendo La ciudad de Dios. El objetivo último de dicha obra sería el de exonerar a los cristianos de las acusaciones romanas. San Agustín llevará a cabo dicha meta mediante la argumentación y la defensa de la separación de la esfera religiosa de los asuntos públicos, frente a otro personaje importante de la época: Varrón, que defendía la utilidad de la teología política propia del imperio romano.
Los principales argumentos de San Agustín vendrán de la mano de la crítica al funcionalismo, el acto de dar validez a un principio por sus consecuencias en otra realidad, y no por su propia naturaleza. Es esto mismo lo que se hacía en roma, juntando religión y política. No se trataba la religión solo en su ámbito espiritual, si no que se juntaba con el ámbito político del emperador, y se utilizaba para la sumisión de las masas y para garantizar su obediencia al imperio. Precisamente esto es lo que criticara San Agustín, en cuya crítica se puede apreciar la influencia de anteriores pensadores griegos, ya que este también basa sus argumentos en el desprecio a la verdad de la concepción de la teología política, y en el uso puramente utilitario de esta.
Si bien es cierto que el período de secularización vendría mucho después, y que la base de este mismo proceso sería en su mayoría una basa utilitaria, San Agustín ya defendió mucho antes, una división de la esfera religiosa de la política, y creo, con poco lugar a dudas, que se podría considerar muy probablemente a San Agustín, el germen de dicha concepción.
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