Marsilio de Padua en su libro El defensor menor trata de explicar
porque estan mal concedidos los poderes a los sacerdotes y obispos en cuanto
refiere a los castigos y penas que imponen a los pecadores.
El autor considera que hay cinco grandes poderes mal concedidos, el primero consiste en que para ser perdonado hay que confesar todos los pecados para poder ser perdonados. El otro poder es que los cargos de la Iglesia se creen con la capacidad de imponer la pena, tanto espiritual como material o civil, a cualquier pecador. El siguiente poder mal entregado es la posibilidad de pagar para ser indultado por la Iglesia, en este punto el autor también aclara que tampoco pueden conceder este privilegio a los peregrinos ni a los soldados que luchan en las Guerras Santas o en las cruzadas. El cuarto poder consiste en que el obispo de Roma se cree con la autoridad suficiente como para absolver los votos de cualquier fiel y asi este no tener la obligación de cumplirlos. Por último, la Iglesia tampoco debería tener la capacidad de excomulgar a ningún creyente.
Marsilio de Padua defiende que estos poderes están mal concebidos por dos argumentos; el primero consiste en que ninguno de estos preceptos aparecen en las Escrituras Sagradas y el segundo es que asi la Iglesia consigue que los pecadores se arrepientan por miedo a las condenas de esta institución en vez de arrepentirse por haber obrado mal a los ojos de Dios. Esto es un gran problema ya que la salvación depende de este último arrepentimiento, es decir el perdón de Dios depende íntegramente de ti.
Esto no es solo una crítica a la forma de actuar de la Iglesia según el autor, también es una crítica al inmenso poder que tiene la Iglesia frente a acciones y condenas civiles. Es por eso que Marsilo prefiere que sea el Príncipe quien tome las decisiones civiles y que si en algún casual la Iglesia tiene estos poderes, estos deben ser un poder otorgado temporalmente por el Príncipe
El autor considera que hay cinco grandes poderes mal concedidos, el primero consiste en que para ser perdonado hay que confesar todos los pecados para poder ser perdonados. El otro poder es que los cargos de la Iglesia se creen con la capacidad de imponer la pena, tanto espiritual como material o civil, a cualquier pecador. El siguiente poder mal entregado es la posibilidad de pagar para ser indultado por la Iglesia, en este punto el autor también aclara que tampoco pueden conceder este privilegio a los peregrinos ni a los soldados que luchan en las Guerras Santas o en las cruzadas. El cuarto poder consiste en que el obispo de Roma se cree con la autoridad suficiente como para absolver los votos de cualquier fiel y asi este no tener la obligación de cumplirlos. Por último, la Iglesia tampoco debería tener la capacidad de excomulgar a ningún creyente.
Marsilio de Padua defiende que estos poderes están mal concebidos por dos argumentos; el primero consiste en que ninguno de estos preceptos aparecen en las Escrituras Sagradas y el segundo es que asi la Iglesia consigue que los pecadores se arrepientan por miedo a las condenas de esta institución en vez de arrepentirse por haber obrado mal a los ojos de Dios. Esto es un gran problema ya que la salvación depende de este último arrepentimiento, es decir el perdón de Dios depende íntegramente de ti.
Esto no es solo una crítica a la forma de actuar de la Iglesia según el autor, también es una crítica al inmenso poder que tiene la Iglesia frente a acciones y condenas civiles. Es por eso que Marsilo prefiere que sea el Príncipe quien tome las decisiones civiles y que si en algún casual la Iglesia tiene estos poderes, estos deben ser un poder otorgado temporalmente por el Príncipe
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